lunes, 7 de diciembre de 2009

¡Aquí estoy!


Es la frase que queremos decir cuando recibimos una llamada y contestamos el teléfono.

Aquí estoy decimos cuando llegamos a casa y queremos informarle a nuestra familia que hemos regresado.

Aquí estoy, es la frase que decimos a una amigo cuando vamos a visitarlo al hospital, a un funeral, a su casa, en un café o con una llamada.

Aquí estoy es la frase que le decimos a nuestros seres queridos cuando los tomamos de la mano, les damos una palmada en el hombro o simplemente los abrazamos sin decir frase alguna.

Eso hizo Dios conmigo este día, por eso no puedo callar y dejar de contarles lo sucedido:

Esta mañana al salir de mi vehículo me golpee mi cara con la punta de la puerta, yo pensé, “que mala forma de empezar el día” pero no sabía lo que Dios tenía preparado para mi. Almorzamos fuera de la oficina con los compañeros de trabajo, tan amena estaba la conversación que no me di cuenta que había dejado olvidada mi billetera. Dos horas después de almuerzo se presentó a la oficina un caballero con su hijo de unos 8 años preguntando por mí mientras yo ni siquiera me había percatado haber olvidado mi cartera. Él, su esposa y su hijo fueron a comer al mismo lugar y al encontrar la cartera se tomaron la molestia de venir a dejármela. No podía creer lo sucedido pero lo que mas me sorprendió es conocer estas personas de tan buen corazón que no dudaron en hacer lo correcto y dar un buen ejemplo a su hijo mientras me decían “yo lo hice porque me puse en su lugar y se lo difícil y caro que es perder todos sus papeles”.


A pesar de haber empezado un mal día con ese golpe en la cara, me di cuenta en ese momento que Dios me estaba enviando a sus mensajeros a través de estas personas para decirme:

“Aquí estoy”, cuando todo parezca oscuro, cuando la marea vaya en tu contra ¡Aquí Estoy!, cuando todo vaya en tu contra ¡Aquí estoy!, las malas noticias lleguen sin asomarse la buenas ¡Aquí estoy! Te envío señales de amor cada día, aún que no me veas, no me sientas, ¡Aquí estoy!


Escrito por: Susana Rocío Mejía García ®
lunes, 07 de diciembre de 2009

domingo, 30 de agosto de 2009

SÉ COMO EL ÁRBOL

Se encuentran en los bosques, en los parques, en las calles, jardines, en todos lados, unos altos y frondosos, otros pequeños y llenos de deliciosos frutos, al pasar muchos no se dan cuenta que ellos están allí acompañándonos por muchos años, para algunos su misión es dar sombra, otros dar pocos pero deliciosos frutos, otros dan frutos en abundancia y otros simplemente para acoger al caminante cansado que llega a buscar su sombra.

Que gran ejemplo nos da Dios a través de la naturaleza, que gran amor el de nuestro Dios que nos quiere mostrar su creación para que sigamos su ejemplo son tan esplendidos como para morir de pié pues cuando un árbol muere por el tiempo queda en pié aunque no dé más frutos, ni hojas, ni ramas, pero sigue en pie.
A través de su vida crece lo más alto que le sea posible, frondoso, bello, dando de si lo mejor para tener las hojas más verdes, esto para el ser humano implica todo contexto social que está a nuestro alrededor, las pertenencias, el éxito profesional, los hijos, el hogar.
Hay árboles que crecen altos como el pino, otros son pequeños como el naranjo pero que dan sabrosos frutos. No importa a donde estés, crece lo mas alto que puedes, si eres Pino se un hermoso Pino, si eres Roble sé el mejor Roble, si eres un Naranjo lucha y trabaja para dar los mejores frutos esos que te caracterizan.

Ya sea que has venido a dar frutos o sombra la mejor forma de lograrlo es “siendo fiel a tus raíces” que simbolizan, tu cultura, tu país tu gente, el lugar de donde has venido, de donde has nacido, es decir esos principios y valores, ese amor a Dios que tus padres con esmero te han enseñado, sé como el árbol, fiel a tus raíces.



Escrito por: Susana Rocío Mejía García ®
Viernes, 28 de agosto del 2009

domingo, 1 de marzo de 2009

Y no lo vi...



Y no lo vi...

Cierto día a la salida del trabajo me dirigí hacia mi vehículo, pero cuando activé el botón para quitar la alarma no funcionó y el carro no encendió, así que abrí la compuerta para ver el motor a ver si pasaba algo malo, pero como la mayoría de mujeres no tenía ni la menor idea de que estaba pasando. Así que me quedé de pie pensando que hacer; esperé un tiempo y después de realizar un par de llamadas concluí que la persona que me llegaría a auxiliar se tardaría en llegar, gracias a Dios no estaba a media calle, sino todavía en el parqueo y podía esperar. Pasaron los primeros 30 minutos observando gente pasar, unos caminando tranquilamente, otros casi corriendo, nadie vio o tampoco preguntó si necesitaba ayuda, pasaron otros 30 minutos, una hora más hasta que una persona especial que yo les llamo Ángeles de Dios no se fue tranquila hasta estar segura de que tenía la asistencia mecánica que necesitaba.

Nada de lo que nos pasa, sea bueno o malo pasa por casualidad, pues esto me hizo pensar que a todos nos pasa y cuantas veces pasé al lado de mi prójimo y no lo vi.
· Cuantas veces en su silencio necesitaba una palabra de aliento...y no lo vi.
· Cuantas veces me extendiste tu mano al pasar, y no la vi.
· Cuantas veces recibí un correo una llamada pidiendo oraciones, y no lo vi.
· Cuantas veces con una mirada pediste mi auxilio..y no lo vi.
· Cuantas veces me di cuenta que estabas enfermo y no acudí.

En fin, no sé el número exacto, pero Dios si lo sabe, pues es a él a quien no vi y a pesar de eso él me sigue viendo y no me ha desamparado.

No dejemos que nuestras reuniones, el tiempo que no nos alcanza, nuestros problemas personales, familiares, políticos o económicos conviertan a los que nos rodean en personas invisibles, abramos nuestros ojos físicos pero sobre todo los ojos del corazón.

Escrito por: Susana Rocío Mejía García ®
viernes, 27 de febrero de 2009